Una revisión personal de la forma en que la violencia en la Ciudad de México afecta a sus habitantes.

 

 

Hay muchas cosas que están pasando ahorita que me imposibilitan disfrutar de la Ciudad.

Después de mucho, mucho tiempo de estar ahorrando, el verano pasado pude irme a ver a una amiga que vive en Bélgica. Hablábamos de cómo me molestaba que el chico que viajaba conmigo, cada que los europeos le preguntaban por la violencia en México, diera a entender que estaba muy pesada. Ella me dijo que a ella sí le parecía que México era un país en exceso violento. Me acuerdo mucho que yo argumentaba que, si uno no se mete en problemas, no le pasa nada. Nos subimos al metro en Bruselas y le pregunté “Oye, ¿y tú crees que alguna de las personas que están aquí haya tenido miedo de morirse en la calle?” Ella muy segura y muy enojada me contestó que no, que “jamás”, que se le hacía difícil de creer que en Bruselas la idea que las personas tienen de la muerte sea tan pacífica, que incluso a veces ella se sorprendía volviendo a su casa en la madrugada caminando completamente tranquila, y le asqueaba recordar el miedo que sentía antes.


Unas dos semanas después, justo regresando del viejo continente, nos asaltaron a mi amigo Charal y a mí. No me espanté, fue un suceso muy tranquilo, pero aún así, fue la primera vez que me asaltaron. Una semana después, estábamos en una fiesta: unos chavos desconocidos intentaron robarse una laptop y el primo de uno de mis amigos los corrió del lugar. Salí a apaciguarlos y ellos me alegaban que el primo les había quitado su dinero y su celular; no sé si haya sido así pero el punto es que estaban muy enojados. Unas dos horas después, Charal y yo salimos caminando de la fiesta; esos tipos nos esperaron unas cuadras adelante, nos pegaron y nos quitaron nuestras cosas. Yo iba algo bebida, no recuerdo bien qué fue lo que sucedió, pero sí tengo una idea general. Me asusté mucho, aún sigo espantada. Charal también. Ésta fue la primera auténtica cachetada de realidad.

 

Mi intención no es presumir experiencias violentas, ese es un tipo de convivencia muy extraño que prolifera mucho entre mexicanos, como si la violencia nos hiciera más conocedores del espacio en el que vivimos, como si haber sido violentados nos diera puntos de mexicanidad; no, éste es un análisis del desencanto personal. Antes romantizaba mucho la violencia, como todos, por más que lo negara. Yo tenía la teoría de que ésta Ciudad tiene un efecto muy particular sobre sus habitantes similar al efecto del alcohol, una especie de envalentonamiento. Mientras más convives con éste lugar, a medida que te vas adentrando en él y vives más experiencias que ponen en peligro tu vida, comienza a crecer en ti un sentimiento de inmortalidad. Piensas que comienzas a entender la Ciudad, y que ésta te va a tener piedad por eso. Cuando hablaba de ésta teoría, nunca me incluía en el grupo de gente envalentonada, pero después de lo que me pasó me di cuenta de que en realidad había estado poniendo en juego mi vida durante mucho tiempo, pensando que por ser quien era no me iba a pasar nada. Una idea muy tonta. Ya no veía los titulares de El Gráfico con el mismo cinismo. Oí que mataron a alguien por mi casa. Otro día, regresando a mi casa, cruzando por el paso a desnivel un chavo ensangrentado que acababan de picar me pidió un cigarro. Sentí que la violencia se anunciaba. Aquella vez de la fiesta me di cuenta de otra cosa también: yo no sólo estaba en peligro por estar en la calle a deshoras, o por meterme con gente que no debía. Me vino a la mente la historia de Lesvy pensé en la historia detrás del asesinato de muchas chicas más. Sentí miedo en ese momento. Luego sucedió lo de Mara .


Normalmente tenemos una coraza pequeña que minimiza este tipo de situaciones, de nuevo, el a mí no me va a pasar porque yo no he hecho nada). Fue lo cercano de la  circunstancia en la que sucedió lo que causó que a todas el feminicidio de Mara Castillo nos hiciera cachitos. Casi todas las mujeres tomamos taxis de noche, creyendo que es la opción más segura, yo cada viernes lo hago. No sé cómo describir esa sensación; es sentir como la muerte te palmea el hombro; sentir asco porque sabes que tú tienes más posibilidades de morirte que otras personas y no puedes controlarlo. No sé como describirla pero estoy segura de que fue una sensación generalizada; una sensación de impotencia porque poco a poco nos fueron despojando de los pocos espacios seguros que nos quedaban, hasta dejarnos sin 
nada. Todas mis amigas entraron en la catatonia del miedo a la muerte; y con eso, miedo al espacio público; miedo a la noche; miedo a decir que no; miedo a los hombres; miedo a salir. Ponerme a pensar en cómo viven ésta realidad las personas más vulnerables del espectro de género, personas trans, no-binarias, chicas que viven en condiciones de precariedad económica, chicas que viven en la calle, trabajadoras sexuales… Fue el segundo golpe de realidad: puedes morirte únicamente por identificarte como mujer.  Aquí no hay poder humano que te aleje de la muerte violenta.

 

 

Luego tembló por primera vez. Estaba dormida, no tuve tiempo de espantarme; fue hasta que estaba abajo en el asfalto, descalza mientras el piso se mecía súper grosero, mientras los brazos de mi papá, que vivió el terremoto de 1985 que para todos fue uno de los peores, me apretaban cada vez más fuerte, fue hasta entonces que me empecé a asustar. Poco tiempo después, llegó el segundo terremoto, ésta vez con el epicentro a pocos kilómetros de la Ciudad de México. Aún no tengo idea de qué pienso. Cuando tembló iba corriendo y escuchaba como se caían pedazos de la torre de investigación de mi escuela, pensé que me iba morir. La gente dice que ves tu vida pasar frente a tus ojos, pero no, solo recuerdo sentir que el tiempo se alentaba y ver todo con mucho detalle: los árboles que se mecen; las piedras cuadradas del pavimento; el policía gritándome que corriera; una chica corriendo delante de mí; la sensación de la mano de otra chica tomando la mía (yo no la conocía, pero corrimos juntas); y piensas “¿Así que esto es lo último que voy a ver antes de morir?”. Tengo la suerte de que todas las personas que conozco están bien. Pero nadie de mi edad se imaginó que iba a vivir algo así. Nunca. Todos entramos en un rush muy intenso transportando, comprando, cargando, coordinando. Casi no sentí nada, solo la necesidad de hacer algo. Platicaba con Charal sobre como la solidaridad es la medicina perfecta para el desastre, te alivia de la impotencia. En realidad rara vez hay un sentimiento puro detrás de esas acciones; cuando el primer temblor destrozó Oaxaca, la Ciudad de México respondió de forma mínima; pero el hecho de sentir la tragedia tan cerca nos empujó a ayudar como desfogue de la ansiedad causada por el trauma… y como manera de redimirnos. Todos sentíamos tanta culpa de seguir vivos que teníamos que pagar nuestra suerte con ayuda. El cuarto día después del temblor, metieron maquinaria pesada en las ruinas de un edificio que había albergado oficinas y una maquiladora clandestina. Cada vez había menos cosas que los voluntarios pudiéramos hacer y esa pausa me quebró. Cuando me enteré de lo de la maquiladora me puse a llorar. Todos. Nos habíamos exigido demasiado y estábamos agotados.


Definitivamente siento que es algo que debe dejarse asentar. Hay muchísimas capas de significado, desde las más objetivas y duras (como el boom inmobiliario y la corrupción en sus empresas, el fracaso del gobierno para reaccionar de la forma en la que lo necesitábamos, el cinismo de éste de hacer programas y eventos de recaudación de fondos como si no pudiesen solventar los gastos, la total incompetencia de las instituciones para hacer su trabajo, la injusticia de las costureras que al igual que en 1985 quedaron sepultadas bajo escombros, las numerosas intervenciones del ejército para robarse el acopio, los asaltos oportunistas, el escándalo de los dictámenes exprés) hasta las más subjetivas y guajiras: como la de percibir el terremoto como una especie de resurrección de las imágenes del 85; como enfrentarnos (muchos de nosotros por primera vez) al caos que te obliga a resolver los problemas de forma directa derivando en la autogestión; tener un evento traumático que marca a una generación; no poder ignorar la idea de la ciudad llena de heridas y cicatrices, que se cierran pero la tierra vuelve a abrir.  Estamos marcados por el concepto de la  Ciudad Apenitas, equilibrada sobre el lago de Texcoco y que está condenada a derrumbarse por siempre, como una especie de castigo milenario, donde la necedad de unos mexicas nos forzó a asentarnos en un lugar que cobraría muchas vidas.

 

Y esto me regresa al inicio, donde le pregunté a mi amiga si ella pensaba que los pasajeros del metro de Bruselas habían tenido miedo de morirse en la calle y ella me dijo que no. Yo creo que los mexicanos tenemos una percepción de la muerte muy particular. Recuerdo que en la preparatoria escribí un ensayo haciendo pedazos a Octavio Paz porque él decía en un capítulo de El Laberinto de la Soledad que los crímenes mexicanos solían ser principalmente pasionales, que en México la muerte de cada individuo iba de la mano de su identidad (si andas en malos pasos, te toca muerte violenta, si no, mueres durmiendo) y que para los mexicanos era verdaderamente trágico cuando a un individuo le tocaba morir de una forma que no era congruente con su estilo de vida. Yo escribí que a partir de la institucionalización del narcotráfico en México, esto había dejado de ser vigente. Ahora las muertes provocadas por el crimen organizado tienen la cualidad de ser azarosas por completo; su único propósito es amedrentar a la población o eliminar estorbos, plenamente terrorismo. Lo verdaderamente trágico del asunto no era que las circunstancias de éstas muertes no correspondiese a la identidad del individuo, sino que despojan completamente de una identidad al muerto. Todos éstos crímenes tienen como intención despojar de la individualidad: las fosas comunes, la decapitación, el descuartizamiento, el desollarles la cara, los feminicidios; todos terminan siendo una deshumanización. Sabemos que podríamos acabar siendo el siguiente titular del Gráfico.

 

 

Realmente yo nunca he tenido contacto directo con la violencia del crimen organizado. Supongo que la anécdota más cercana para mí es sobre el pueblo de mis primos, Tenango del Valle, en el que cada año hacían una procesión de Semana Santa, que íbamos a ver sin falta, donde siempre Jesucristo era interpretado por el mismo hombre. Recuerdo una vez que los romanos exageraron al arrastrarlo al podio con Poncio Pilatos y el hombre se cayó sobre mí. Nadie le ayudó a levantarse, lo miraban como si efectivamente fuera Jesucristo, y nadie me ayudó a levantarme a mí, como si en verdad el Mesías me hubiera caído encima y noli me tangere. La gente le tenía una devoción y respeto religiosos. Una mañana entraron a su taller de mecánica y lo encontraron colgado de las vigas con una narcomanta. Nadie nunca supo si había sido un ataque a su persona o a lo que representaba.

 

Crecer aquí es complicado, uno es joven y comete errores, en todas partes del mundo, pero sólo en países como el nuestro esos errores te pueden costar la vida.

Esto no es algo en lo que pienso todo el tiempo, sin embargo, cuando camino en la calle y apresuro el paso al sentir una mirada extraña, cuando mi mamá pasó del “no me gusta verte con ese niño” a preguntarme siempre si va conmigo como si fuera mi guarro, cuando al viajar en el pesero la gente va viendo de izquierda a derecha los edificios derrumbados de la ciudad como si fuera un turibús de la catástrofe, cuando veo a alguien tirado sobre la banqueta y me detengo dos segundos a ver si está respirando (ya no tanto para salvarlo sino para que su madre lo encuentre entero), me pregunto si esto es normal.

Y sobre todo, ahora que entiendo mejor esto, ¿ahora qué? Para nosotros la muerte es azar; es sospechar que en cualquier momento todos podríamos ser el siguiente bulto en el monte.

Todos al morir se estiran.

 

Fotos: Allen Mondragón y Silvana Cerviño.
Texto: Silvana Cerviño.
31.10.17

THE FINAL GIRL by Lewis Vorn

Think Neve Campell in "Scream", Brandy in "I Still Know What You Did Last Summer" and Jamie Lee Curtis in "Halloween", all three iconic in their own (...)

10.11.17

Pinkish Lichy

Rodrigo Álvarez y Galatea Fernandez exploran la manera en que la indumentaria permite romper con la cotidianidad urbana y su aparente monotonía. Con(...)