Una de las cosas más características de La Ciudad es que a pesar de que había esperado mucho tiempo, no acumulaba el tipo de desecho que genera el abandono, sino que parecía que un uso constante la ensuciaba, pero que simplemente ya no había nadie para limpiarla.

Al inicio me costó un buen acostumbrarme, tenía los nervios de punta todo el tiempo, realmente no te das cuenta hasta que desaparece, no te das cuenta de lo cómodo que es, como una especie de cobija gruesa que cubre todo, y cuando está vacío por completo entiendes porque la gente tiene la radio o la tele prendida todo el pinche tiempo. A veces incluso me da la sensación de escuchar el viento aullando entre los edificios vacíos, como cuando le soplas a una caguama vacía ¿me entiendes?

 

Texto, fotos y estilismo: Silvana Cerviño y Allen Mondragón.

Modelos: Samuel GuerreroDanerú George.

Grekas: Mauricio Camargo

 

Las Ciudades son seres colaborativos. Asimismo como se elaboran en función de las necesidades de sus habitantes, los habitantes se acoplan a las necesidades de las Ciudades. Es importante tener claro esto al elaborar La Ciudad, para poder llevarla a su desempeño máximo. Como toda ciencia o arte exige paciencia, señores. Uno podría desesperar al ver la relación entre ciudadanos y Ciudad plagada de fricciones, pero ahondando en el punto ya mencionado, se establece una especie de relación parasitaria, de mutualismo, entre ambos. Yo entiendo las dificultades de seleccionar una población, por eso mismo presento éste proyecto; siendo cuidadosos de las características que le otorgan a su Ciudad, señores, por consecuencia tienen mayor control sobre qué tipo de ciudadanos habitan sus Ciudades.

 

Y es difícil explicarlo, pero pareciese que La Ciudad durante todo este tiempo ejerció sobre sus habitantes una influencia constante pero mínima, ya que se repartía entre todos, y que mientras menos habitantes tuviera más fuerte se hacía ésta presencia. Te digo, a veces cuando camino me parece escuchar algo así como la respiración de alguien mientras duerme, pero me tranquiliza más pensar que es el viento entre los edificios. Te digo, a veces cuando comienzo a dormirme y estoy en ese estado raro entre soñando y despierto, siento como si fuera de concreto, me duelen los huesos como si fueran vigas, pero te digo, prefiero pensar que sólo estoy cansado.

 

 

 

Es normal el error de asumir que el límite de la tecnología es el alcance del intelecto humano. Podríamos suponer que eso pensó Dios al crear la humanidad, y que eventualmente se llenó de terror al comprobar que al crear una inteligencia en semejanza a la suya, ésta iba a seguir los pasos egocéntricos de una deidad e intentar una forma de vida semejante a la propia. Podríamos suponer que en algún momento Dios se sentirá amenazado ante nosotros. Y por lo tanto, con un poco más de miedo podríamos afirmar que eventualmente las cosas que nosotros hemos creado nos resultarán amenazantes y horribles, no por una aberración o algo, sólo el terror de ser consumido por la creación propia.

Y cuando estabas ahí sentado, donde quiera que fuese, era como estar en la playa; no importaban los pasos, no importaban los motores, no importaba la suciedad porque todo eso se volvía la brisa del mar o el viento en la montaña. Miles pasaban y solo era posible imaginarse lo que pensaban algunos de ellos, ver sus rostros un instante y pensar, cuáles serán sus historias, sus rostros de niños y sus rostros de ancianos, sus hogares, sus trabajos. Reflexionabas un poco al respecto  y después los olvidabas.

 

 

 

Los desastres nunca suceden como uno espera, nunca se anuncian, ni siquiera cuando ya están sucediendo, incluso justo después de que terminan todo se toma por chismes, por estipulaciones, por teorías, es hasta muchos años después que se dieron cuenta de lo sucedido. La gente rió y lloró al mismo tiempo, le echaron la culpa al pinche gobierno, pero realmente, como un hormiguero, todos con su transitar fueron arquitectos de la desgracia. La Ciudad se los había sacudido poco a poco y nunca se dieron cuenta. Sólo como en los matrimonios más comunes, eventualmente dejó de necesitarlos.

¿Recuerdas antes cuando todavía ésto no tenía forma, que la demolición eran pan de todos los días? Se te haría gracioso pensar como tumbaban un edificio, quedaba un agujero por mucho tiempo, y después se erigía otro encima, te daría risa pensar en que a pesar de que con los años todo el tiempo los edificios de tu calle cambiaban constantemente, los olvidabas y la calle seguía siendo la misma aunque durante unos meses fue una colección de hoyos; cuando levantaban cada año el asfalto de todas las calles y despellejaban La Ciudad. Te apenarías de tu pensamiento poético viendo a La Ciudad como una especie de reptil silencioso y monumental, mudando constantemente de piel y siempre siendo el mismo. Pensarías que es más fácil recordar el asfalto plano, el edificio terminado, pero siempre vienen a tu memoria los agujeros y los montones de cascajo.

Ahí en lo alto pudo darse cuenta de todo lo que ante él se extendía, apelmazándose por kilómetros y kilómetros, a tal grado que la sensación de perspectiva se vuelve inexistente. Sus ojos no daban crédito de lo que habían visto siempre siendo lo mismo, abría más los ojos tratando de ver más claro, con más detalle, sus parpadeos interrumpían la resolución conseguida, los límites se pierden en el horizonte, trataba de controlar su pulso para que esas leves vibraciones no afectaran la visión, trataba de no respirar.

 

 

Antes de que todo pasara, una vez en el metro un hombre con un agujero en el brazo se acercó a pedirme una moneda. No le di nada. Hoy día no recuerdo su rostro pero sí recuerdo su agujero.

 

24.08.17

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